Estaba de vacaciones intercaladas con trabajo en Nueva Zelanda. Había sido idea de un amigo, cosa que nunca se me hubiese ocurrido a mí solo, pero empezó a crecer adentro mío a medida que me explicaba las posibilidades que me esperaban en ese territorio aislado del mundo. Emprendimos el viaje y nuestra estadía transcurrió con altibajos en general, sobre todo en lo que respecta a la parte laboral.
Uno de los trabajos, entre tantos que nunca imaginé que haría en mi vida pero que la necesidad de sustentar el seguir viajando me empujó a hacer, consistía en empacar bulbos de Lilas. Los bulbos soportan un proceso increíble desde que se los saca de la tierra hasta que vuelven a entrar en ella. Mi tarea en particular era la de acomodarlos en cajones con tierra para luego ser exportados a distintos destinos de América del Norte, Asia y Europa, en donde los fanáticos de las flores son capaces de pagar altos precios para conseguir uno de estos ejemplares magníficos y únicos por millares. De esa forma, pensaba mientras llevaba a cabo mi labor sin descanso dentro de un fordismo exacerbado, es como se amortiza la labor de tantos empleados; desde la de las personas que se deshacen de los primeros tallos que muestran los bulbos, hasta nosotros, los que acorralamos a esos pulpos vegetales, pasando por los que los separan por tamaño y los que los limpian.
Es lógico que cuando uno realiza la misma tarea durante horas de forma mecánica haya multiplicidad de pensamientos disconexos que juegan a encontrar una conexión lógica dentro de la mente. Algunos de esos pensamientos son insignificantes, otros, por el contrario, son pensamientos que lo maravillan a uno por haber sido producto de sus propias maquinaciones y que quisiera conservar, pero que dificilmente lo logre ya que todo aquello fluye y por momentos se pierde en un mar de inconclusiones, inundados por la belicosidad de otras ideas.
Un día me encontré pensando en el metapensamiento. Es decir, me encontré pensando en lo que uno piensa en esos momentos, en por qué no fui yo quien descubrió la teoría de la gravedad, por ejemplo, si, salvando las épocas, las condiciones del lugar, el constante caer de los bulbos dentro de los cajones simulan la maldita manzana casi a la perfección y además con cientos de repeticiones por minuto. Me conformé con el simple argumento de que no había sido yo porque ya había sido descubierta hacía tiempo atrás por alguien más, aunque ese argumento sólo fuera parte del problema inicial, y ocupé mi mente enseguida con imágenes de situaciones pasadas de mi vida, con opiniones sobre la radio que sonaba como cortina musical en aquel lugar, y con la idea macabra y sádica de que tal vez al día siguiente al volver al lugar de trabajo me encontraría con una de las imágenes más perturbadoras. Este último pensamiento llenaba cada espacio de mi imaginación con cada detalle que se prendía de él como garrapata.
A las siete menos diez yo saldría a descongelar la escarcha invernal que cubría el parabrisas de mi coche con una jarra de agua tibia, encendería el motor, un cigarrillo y manejaría, todavía adormecido a pesar del despertar brusco y el desayuno apresurado, veintisiete kilómetros hasta el lugar de trabajo. Todavía en la oscuridad de la noche, a las siete y veinte de la mañana llegaría con las mismas ganas de volverme a mi hostal que me acompañarían durante todo el día. Las luces estarían prendidas en el camino desde el estacionamiento hasta la entrada del tinglado y yo las seguiría por inercia. Al entrar todo mi alrededor estaría manchado de un inusual aunque hermoso carmesí, manchas desprolijas. Mi voz quedaría muda luego de comprender el orígen de ese color predominante. Un sudor frío bajaría por mi frente. Un fuego de lava me subiría por el pecho. Todos los trabajadores estaban en sus puestos habituales de trabajo. Ninguno de ellos conservaba su cabeza sobre los hombros. Yo sería el único sobreviviente de quién sabe qué mente enferma que habría decapitado sin mesura a todo aquel que se le cruzara por su camino.
“Ese cajón está lleno!” fue el grito de mi compañera que me sacó de mi pesadilla diurna, dándome a entender que debía seguir con mi labor. Pasaron interminables horas, infinitos pensamientos sin rumbo. Me fui a mi alojamiento después de las cuatro y media como de costumbre y viví hasta dormirme. Al día siguiente mi despertador sonó a las seis y veinte para invitarme nuevamente a la rutina. El desayuno aprsurado, el cigarrillo mal armado, y el agua tibia para el parabrisas. Manejé los 27 kilómetros por la gélida ruta y llegué al estacionamiento de la empacadora. Las luces me guiaron hacia el interior. Todo a mi alrededor estaba manchado de un hermoso carmesí.
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Hace 4 años