domingo, 15 de agosto de 2010

El Escritor

Me conozco desde hace tiempo. Llevo 43 años conviviendo conmigo y nunca había sentido una sensación tal de verme fuera de mí, de ser expectador de mis vivencias. Una noche de las tantas que pasé fuera de mi país compartía alojamiento en un pueblo incierto de frío punzante con otras cuatro personas. Habíamos desembocado ahí por distintos motivos que no estaban muy alejados entre sí. Llevabamos una vida de ahorro, no por avaricia, sino por alcanzar esas metas personales que traíamos con nosotros.
Una noche como tantas otras que nos encontraba cerca del calor del hogar a leña, contando anécdotas personales entre copas o tazas de té, me descubrí escribiendo en mi anotador, lo que no es poco común en mi debido a lo escurridiza que puede llegar a ser mi memoria. También descubrí a uno de mis compañeros en la misma empresa, escribiendo incesantemente e inmerso en una concentración que no le permitía escuchar qué se decía de él. Me acerqué hasta el respaldo de su silla y miré su trabajo por unos segundos. Cuando lo vi escribir supe que me estaba escribiendo a mí, lo que yo decía en tinta, lo que vendría después, cada situación que pasara a partir de ese momento, hasta el hecho de que yo escribiera estas líneas.
Tuve que alejarme, repasar mi estado mental y esforzarme por llevar la situación al papel para no olvidarla. Me di cuenta de que en ese tiempo me seguía escribiendo, me describía sentado, describía al resto, y hasta se tomaba el trabajo de describirse a sí mismo, primero escribiendo y luego rasgando su guitarra para acompañar su voz de melancolía.
Luego de la segunda canción salió de su boca un elogio que pasó casi desapercibido para el resto, pero que a mi me taladró por largo rato. Ese elogio no consistía en palabras simples, en una frase armada, en un sin sentido derrochado al aire. Era más bien una expresión egoísta. Si todo en ese lugar, desde las migas sobre la alfombra hasta las acciones de los presentes, es su creación, algo que cobra vida a partir de su propio puño y letra, cualquier elogio vuelve directamente a él, quien me describe escribiendo. Y aun hoy ya no sé si soy yo el que relata o es él que me usa como medio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario